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TAUROMAQUIA

Quienes se oponen a la Fiesta argumentan a menudo que se trata de un espectáculo retrógrado, salvaje, ajeno al buen tono estético que marca la civilización. Nada más lejos de la realidad: las corridas de toros que conocemos no solo tienen un sentido ancestral que las vincula arquetípicamente a los orígenes sacrificales de la cultura, sino que fueron inicialmente una práctica propia de las clases más elevadas, cuya regimentación como espectáculo se produjo al compás histórico de la conformación de los estados nacionales, en plena Ilustración y en relación con estos fenómenos. El torero no es un bárbaro ni un matarife: es el insigne maestro de ceremonias de una situación catártica que da cohesión a la comunidad y la surte de relatos y mitos. El toreo comparte con la tragedia griega y con la ópera romántica el hecho de ser una de las expresiones de búsqueda de la obra de arte total, donde confluyen la dimensión plástica, poética y musical para producir un mismo efecto; y donde lo que ocurre, la muerte, tiene un alcance real además y no solo ritual.

La “obra total” es la gran aspiración moderna, la búsqueda de la integridad perdida en un mundo fiado al azar y la fragmentación. Esta aspiración se formula como proyecto utópico, pero alcanza su realización en el Estado entendido como la organización de este leviatán amorfo de voluntades diversas y cada una absoluta. El Estado es el espectáculo concentrado que se afirma y legitima a través de grandes representaciones de sí mismo cuya naturaleza y función son ante todo policiales. La propia noción de “policía” surgió para referir la técnica de gobierno cuyo ámbito abarcaba todo (justicia, finanzas, ejército) vigilando al hombre como activo, vivo y productivo, asegurando el esplendor y la potencia del Estado mediante el control de la comunicación. El hombre y la propia vida eran el objeto de la policía.

Lo que en su origen era una ciencia de la higiene y la seguridad de la vida en común se ha visto hoy restringido a una función represiva, no solo en los regímenes dictatoriales sino también en los modernos estados democráticos y de derecho. Nuestro modelo político opta en todos los casos por el control centralizado de la obra y por la reducción de la ciudadanía a la condición de público. Las multitudes se autoorganizan y reclaman por todas partes otra plaza y otra representación, basada en pequeñas ocurrencias y no en grandes ejecuciones, pero la estampa final que registran las crónicas es siempre la misma folclórica estampida: el orden contra el caos. En la sociedad del espectáculo el público es soberano, pero no reconoce todavía su papel en el drama.

Luis Navarro

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